domingo, septiembre 20, 2026

amado gurú, : mi reseña del último libro de J. J. Benítez

 

AMADO GURÚ, de J. J. Benítez: cuando los extraterrestres intentan entendernos


Hay libros que uno empieza a leer esperando encontrar respuestas y otros que, sin pretenderlo, consiguen algo que para mí resulta incluso más interesante: hacerte preguntas. El querido gurú, el último libro de J. J. Benítez, pertenece bastante a esta segunda categoría. Y reconozco que, en esta ocasión, me he encontrado con un Benítez diferente al que quizá muchos lectores esperan. Aquí hay misterio, hay extraterrestres, hay imaginación y hay muchas de esas preguntas que llevan acompañando al autor durante décadas, pero también hay algo que quizá no esperaba encontrar con tanta presencia: humor. Y además un humor bastante peculiar.


El planteamiento del libro me parece sencillo de explicar, pero bastante más interesante cuando uno empieza a darle vueltas. ¿Qué ocurriría si la humanidad desapareciera y, miles o millones de años después, otros seres inteligentes llegaran a la Tierra y se encontraran con los restos de nuestra civilización? No tendrían a nadie que les explicara qué éramos, qué hacíamos, para qué servían nuestros objetos ni por qué teníamos determinadas costumbres. Tendrían únicamente los restos materiales de una civilización desaparecida y tendrían que intentar reconstruir nuestra historia a partir de ellos. Y ahí es donde empieza la diversión.

Porque nosotros estamos acostumbrados a pensar que nuestros objetos son evidentes. Vemos una señal de tráfico y sabemos lo que significa. Vemos un semáforo y sabemos para qué sirve. Encontramos un banco en una calle y entendemos perfectamente su función. Cogemos un teléfono móvil y sabemos que es un dispositivo de comunicación. Pero imaginemos por un momento que eliminamos todo ese contexto. Imaginemos que aparece un teléfono móvil dentro de varios miles de años y quienes lo encuentran no saben absolutamente nada de nosotros. No conocen Internet, no conocen las llamadas telefónicas, no conocen las redes sociales, no saben qué es un WhatsApp y ni siquiera saben que aquel pequeño rectángulo servía para hablar con alguien que podía estar a miles de kilómetros. Tendrían que elaborar una teoría. Y probablemente se equivocarían.

Esa es precisamente una de las ideas que más me han gustado de El querido gurú. Benítez juega con la posibilidad de que nuestros grandes misterios del futuro sean precisamente las cosas que nosotros consideramos más normales. Y lo hace desde una perspectiva satírica que, personalmente, me ha resultado bastante divertida. Porque cuando uno cambia el punto de vista, muchas cosas empiezan a parecer absurdas.

Pensemos, por ejemplo, en una señal de tráfico. Nosotros sabemos que existe porque millones de personas utilizan vehículos, circulan por carreteras y necesitan unas normas comunes. Pero si desapareciera toda esa información y quedara únicamente la señal, un investigador del futuro tendría que averiguar qué significaba aquel extraño símbolo. Podría plantear teorías, elaborar hipótesis y seguramente encontrar alguna explicación que le pareciera perfectamente lógica. El problema es que podría estar completamente equivocado.

Y aquí aparece una de las cuestiones que más me interesan del libro, porque detrás de la broma hay una reflexión bastante seria: nosotros hacemos exactamente eso cuando intentamos interpretar determinadas cosas del pasado. Encontramos un objeto cuyo uso desconocemos y buscamos una explicación. Encontramos una construcción cuyo propósito no conocemos y elaboramos teorías. Encontramos un símbolo y tratamos de descubrir qué representaba. El problema es que, cuando falta información, nuestra imaginación tiene una tendencia enorme a rellenar los huecos.

Eso me resulta especialmente interesante porque llevo muchos años siguiendo temas relacionados con el misterio, la ufología y los fenómenos que se encuentran en esa frontera entre lo conocido y lo desconocido. Y precisamente por eso creo que hay que tener cuidado con una cosa: que una explicación sea posible no significa que sea verdadera. Una hipótesis puede ser interesante, incluso apasionante, y seguir siendo una hipótesis.

Benítez juega con esa idea de una manera mucho más desenfadada. Nos coloca en el papel de los antiguos. Nosotros somos ahora esa civilización desaparecida que alguien intenta interpretar. Y de repente nuestras costumbres, nuestros objetos y nuestras manías empiezan a adquirir un aspecto completamente diferente.

Uno de los momentos que más gracia me han hecho tiene que ver con algo tan sencillo como las playas nudistas. Porque aquí la imaginación puede dispararse fácilmente. Nosotros sabemos perfectamente qué es una playa nudista. No tiene ningún misterio. Pero ahora imaginemos a un investigador extraterrestre que encuentra restos de una antigua zona de baño y descubre que determinados seres humanos acudían allí voluntariamente sin ropa. ¿Qué conclusión sacaría? ¿Qué significado tendría aquello para él? ¿Sería una ceremonia? ¿Una práctica religiosa? ¿Un ritual social? ¿Una costumbre relacionada con la salud? ¿O simplemente descubriría que aquellos humanos tenían la curiosa costumbre de ponerse a tomar el sol con el miembro viril al aire?

Y ahí es donde el libro consigue sacarme una sonrisa, porque Benítez no necesita inventar una situación completamente disparatada. Le basta con coger una costumbre nuestra y observarla desde fuera. Lo que para nosotros es absolutamente normal puede convertirse, desde otra perspectiva, en una auténtica locura.

Lo mismo ocurre con infinidad de objetos cotidianos. Un supermercado, por ejemplo, podría resultar una auténtica pesadilla para un arqueólogo extraterrestre. Miles de productos perfectamente colocados, envases de diferentes formas, fotografías de alimentos, símbolos, códigos, números, precios, carteles publicitarios... ¿Cómo interpretaría todo aquello alguien que no supiera absolutamente nada de nuestra sociedad? Podría pensar que los supermercados eran templos. Podría pensar que los códigos de barras tenían algún significado religioso. Podría interpretar los logotipos como símbolos de diferentes tribus. Cualquier cosa sería posible.

Y precisamente ahí está el juego que propone Benítez. No pretende que pensemos que los extraterrestres realmente vayan a interpretar así nuestra civilización. Lo interesante es imaginarlo. Es un ejercicio de perspectiva. Una forma de coger nuestra realidad cotidiana y verla como si fuera completamente extraña.

A mí esa parte me parece especialmente interesante porque conecta directamente con uno de los grandes problemas de la investigación histórica y arqueológica: el contexto. Un objeto aislado puede decirnos muy poco. Podemos tener delante una pieza perfectamente conservada y no saber para qué servía. Podemos conocer el material, la forma, el tamaño e incluso dónde fue encontrada y, aun así, equivocarnos completamente sobre su función.

Imaginemos que dentro de cinco mil años alguien encuentra un mando a distancia. Si no sabe lo que es un televisor, ¿cómo podría saber para qué sirve? Podría considerarlo un instrumento de comunicación. Podría pensar que era una especie de dispositivo médico. Podría atribuirle una función ceremonial. Podría incluso pensar que los botones tenían algún significado simbólico. Y cuanto menos información tuviera, más posibilidades tendría de equivocarse.

Ahora pensemos en algo todavía más complicado: nuestras costumbres. Un objeto puede conservarse durante miles de años, pero una costumbre es mucho más difícil de reconstruir. ¿Por qué nos sentábamos delante de una pantalla durante horas? ¿Por qué determinadas personas llevaban determinados tipos de ropa? ¿Por qué nos reuníamos para ver partidos de fútbol? ¿Por qué miles de personas gritaban en un estadio cuando alguien introducía una pelota dentro de una portería? ¿Por qué comprábamos objetos que no necesitábamos? ¿Por qué pasábamos una parte enorme de nuestra vida trabajando para conseguir dinero con el que comprar cosas que después utilizábamos para ahorrar tiempo?

Si uno se pone a pensar en nuestra civilización desde fuera, la verdad es que tampoco salimos demasiado bien parados.

Y eso es precisamente lo que hace que el libro tenga una lectura que va más allá del simple chiste. Porque mientras uno se ríe de las posibles interpretaciones de esos hipotéticos extraterrestres, empieza a darse cuenta de que nosotros hacemos algo muy parecido cuando estudiamos el pasado.

Esta reflexión me lleva inevitablemente al mundo de la ufología. Durante décadas se han propuesto explicaciones extraterrestres para determinadas construcciones, representaciones, objetos o relatos de la antigüedad. Algunas de esas hipótesis pueden resultar fascinantes, pero el problema aparece cuando la fascinación sustituye a la evidencia. Una interpretación llamativa no es necesariamente una interpretación correcta.

Y creo que El querido gurú funciona precisamente como una especie de espejo. Nos pone delante una situación en la que sabemos de antemano que los investigadores del futuro podrían equivocarse. Y entonces podemos preguntarnos si nosotros estamos haciendo lo mismo con los investigadores del pasado.

Eso no significa que todas las interpretaciones sean erróneas ni que no existan misterios reales. Significa simplemente que debemos ser conscientes de nuestras propias limitaciones. El hecho de que no sepamos para qué servía algo no significa automáticamente que tenga un origen extraordinario. Y tampoco significa que la explicación más espectacular sea la correcta.

En este sentido, me parece que el humor del libro tiene bastante más profundidad de la que puede parecer a primera vista.

J. J. Benítez lleva décadas asociado al mundo del misterio y de la investigación de fenómenos relacionados con los OVNIs y otros enigmas. Su trayectoria ha estado marcada precisamente por esa voluntad de buscar respuestas allí donde otros prefieren cerrar el asunto rápidamente. Pero en El querido gurú encontramos una propuesta diferente: en lugar de intentar explicarnos únicamente aquello que no comprendemos, Benítez juega con la posibilidad de que sean otros quienes intenten comprendernos a nosotros.

Y el resultado tiene momentos realmente curiosos.

Porque una de las cosas que más me gusta del planteamiento es que no necesitamos imaginar grandes acontecimientos extraterrestres. No necesitamos naves espaciales aterrizando en Madrid, Sevilla o Nueva York. No necesitamos encuentros con seres de otros planetas. Basta con imaginar a esos hipotéticos investigadores recorriendo las ruinas de nuestra civilización y tratando de averiguar qué demonios hacíamos.

Ahí está la gracia.

Quizá encontrarían una máquina de café y pensarían que era un artefacto religioso. Quizá encontrarían un cajero automático y pensarían que era una especie de altar donde los humanos depositaban pequeñas tarjetas para recibir objetos de valor. Quizá encontrarían una máquina expendedora y concluirían que nuestra civilización tenía pequeños templos automatizados para obtener alimentos.

Y si llegaran a una playa nudista, probablemente necesitarían varios siglos de investigación para ponerse de acuerdo sobre lo que estaban viendo.

Lo curioso es que nosotros podemos reírnos de esa posibilidad porque conocemos la explicación. Pero si eliminamos ese conocimiento, la situación cambia completamente.

Ese es, para mí, el principal atractivo de El querido gurú. No tanto lo que cuenta como la manera en la que consigue que mire de otra forma cosas que hasta ese momento me parecían completamente normales.

Y también me gusta que el libro no necesite ser solemne para plantear una reflexión seria. En el mundo del misterio existe a veces una tendencia a convertirlo todo en algo trascendental. Una fotografía extraña tiene que esconder una conspiración. Una luz en el cielo tiene que ser necesariamente una nave extraterrestre. Un objeto antiguo tiene que tener un origen imposible. Y no siempre es así.

A veces una luz es simplemente una luz.

A veces un objeto es simplemente un objeto.

Y a veces una playa nudista es simplemente una playa nudista.

Lo que ocurre es que, cuando eliminamos el contexto, cualquier cosa puede convertirse en un misterio.

Y esa idea me parece muy potente.

También creo que el libro tiene algo de crítica hacia nuestra propia arrogancia. Los seres humanos tenemos la costumbre de pensar que comprendemos bastante bien el mundo que nos rodea. Hemos construido una tecnología impresionante, hemos enviado máquinas a otros planetas, hemos descifrado enfermedades, hemos creado Internet y somos capaces de comunicarnos instantáneamente con alguien situado al otro lado del planeta.

Pero seguimos sin tener respuesta para algunas de las preguntas más importantes.

¿De dónde venimos exactamente?

¿Qué ocurrió antes del origen del universo observable?

¿Existe vida fuera de la Tierra?

¿Qué ocurre realmente con la conciencia?

¿Qué sucederá con nuestra civilización dentro de miles de años?

Y, sobre todo, ¿cuánto de lo que creemos saber podría cambiar si apareciera una nueva evidencia?

Por eso me gusta que Benítez utilice el humor para acercarse a algo que, en el fondo, es bastante serio: la fragilidad de nuestro conocimiento.

Quizá dentro de miles de años alguien estudie nuestros restos y cometa errores. Pero nosotros también podemos estar cometiendo errores ahora mismo cuando interpretamos determinados restos de civilizaciones desaparecidas.

La diferencia es que nosotros no tenemos la ventaja de saber que estamos viviendo en el pasado.

Ellos sí.

Y eso convierte la historia en una especie de juego de espejos.

Nosotros estudiamos a quienes vivieron antes.

Ellos estudiarían a quienes vivimos ahora.

Y quizá ambos cometeríamos exactamente el mismo error: creer que sabemos más de lo que realmente sabemos.

Después de leer El querido gurú, esa es probablemente la sensación que más me ha quedado. No tanto la de haber leído un libro sobre extraterrestres, sino la de haber pasado un rato observando nuestra propia especie desde una perspectiva diferente.

Y eso me parece bastante más interesante.

Porque al final, si los extraterrestres algún día llegan a la Tierra, probablemente tendrán muchísimas preguntas. Pero nosotros también tenemos unas cuantas pendientes.

¿Qué pensarían de nosotros?

¿Nos considerarían inteligentes?

¿Entenderían nuestras guerras?

¿Comprenderían por qué destruimos parte del planeta sabiendo que dependíamos de él?

¿Entenderían por qué acumulábamos tantas cosas?

¿Comprenderían nuestras religiones?

¿Nuestros gobiernos?

¿Nuestro dinero?

¿El deporte?

¿La televisión?

¿Las redes sociales?

¿Las playas nudistas?

Quizá algunas cosas les parecerían muy avanzadas.

Y quizá otras les parecerían completamente absurdas.

Pero hay una posibilidad que me parece todavía más interesante: que algunas de las cosas que ellos consideraran absurdas fueran precisamente las que nosotros considerábamos normales.

Y ahí es donde El querido gurú consigue su pequeño golpe de efecto.

Nos hace reír, sí.

Pero también nos coloca delante de un espejo.

Un espejo en el que la humanidad aparece como una civilización tremendamente sofisticada y, al mismo tiempo, bastante extraña.

Personalmente, creo que esa es la mejor manera de acercarse a este libro. No buscando en él un tratado científico sobre extraterrestres ni una demostración de que alguien vaya a venir algún día a estudiar nuestras ruinas. Hay que entrar en el juego que propone Benítez. Imaginar. Reírse. Cambiar de perspectiva. Y, de paso, preguntarnos cuánto conocemos realmente de aquello que nos rodea.

Porque quizá el verdadero misterio no sea saber qué pensarían los extraterrestres de nosotros.

Quizá el verdadero misterio sea que nosotros mismos, después de miles de años de historia, todavía sigamos intentando averiguar quiénes somos.

Y esa, sinceramente, me parece una pregunta bastante más complicada que averiguar para qué servía una señal de tráfico.

El querido gurú juega con todo eso y lo hace desde un territorio que me ha resultado especialmente agradable: el del humor, la ironía y la imaginación. Y después de tantos años leyendo y hablando sobre misterios, agradezco encontrar una obra que no necesita ponerse constantemente seria para hacerte pensar.

Porque a veces una buena pregunta puede venir acompañada de una carcajada.

Y en este caso, alguna de ellas me la ha provocado imaginar a un extraterrestre intentando explicar qué demonios hacíamos los humanos en una playa nudista.

Solo por eso ya merece la pena echarle un vistazo al libro.

1 comentario:

  1. Puedes opinar lo que quieras, pero este libro es un dispendio de disparates. Malo, malo. Pretende ser gracioso, pero no tiene ni pizca de gracia. En definitiva, un libro que da vergüenza ajena.

    Por cierto, los personajes del libro me recuerdan a ciertos personajes de un programa nocturno de los domingos en Cuatro. ¿Casualidad? 🤔

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