Reseña de «No tengo miedo a la muerte»
Análisis del último libro del Dr. Miguel Ángel Pertierra
Por Javier Lobato | Publicado para www.javierlobato.org
«Afrontar los enigmas de la mente y del más allá requiere la precisión del bisturí científico y la sensibilidad de quien comprende el misterio del alma. En No tengo miedo a la muerte: Descubriendo el velo del más allá, mi querido amigo Miguel Ángel vuelve a demostrar que la ciencia y la trascendencia están destinadas a entenderse.»
La Amistad, el Respeto y un Libro Necesario
Hablar de la obra del Dr. Miguel Ángel Pertierra Quesada es para mí un ejercicio de gratitud, profunda admiración y camaradería. A lo largo de los años, he tenido el privilegio no solo de seguir de cerca su trayectoria como médico especialización clínica, investigador riguroso y comunicador magistral, sino de compartir reflexiones sobre los enigmas que han desvelado a la humanidad desde tiempos inmemoriales.
Su último libro, rotulado bajo el contundente y valiente título No tengo miedo a la muerte: Descubriendo el velo del más allá, representa un punto de inflexión maduro en su carrera. No estamos ante un simple compendio de testimonios o un tratado teórico más; es el resultado directo de su propia vivencia, de sus investigaciones médicas de campo y de décadas de ejercicio profesional en el ámbito sanitario. Miguel Ángel aborda con valentía el tabú más grande de la sociedad occidental con una prosa ágil, rigurosa y profundamente humana.
Antes de cruzar el umbral
Hay libros que hablan de la muerte y hay libros que intentan hablar con nosotros sobre el miedo que sentimos ante ella. No tengo miedo a la muerte, de Miguel Ángel Pertierra Quesada, pertenece claramente al segundo grupo. Publicado en 2025, el volumen nace de una trayectoria de investigación de décadas sobre las experiencias cercanas a la muerte (ECM), pero también de una relación personal del autor con esta cuestión: Pertierra vivió una experiencia cercana a la muerte en 2007 y, según ha explicado públicamente, aquella vivencia contribuyó a impulsar todavía más su interés por estudiar los testimonios de otras personas.
Conozco a Miguel Ángel y eso hace que esta reseña sea necesariamente distinta de otras que puedan encontrarse. No tendría sentido fingir una distancia académica que no existe. Tampoco creo que la amistad deba convertirse en una excusa para regalar elogios. Precisamente porque existe afecto y respeto, creo que lo más honesto es acercarse al libro con curiosidad, pero también con pensamiento crítico. En un asunto tan delicado como la muerte, la conciencia y aquello que algunas personas interpretan como una posible continuidad de la existencia, la fascinación no debería sustituir a la pregunta.
Y esa es, a mi juicio, una de las mejores puertas de entrada a este libro: no necesitamos decidir de antemano si las ECM demuestran una vida después de la muerte o si son exclusivamente fenómenos producidos por un cerebro sometido a condiciones extremas. Podemos escuchar primero. Podemos estudiar después. Y podemos reconocer, cuando sea necesario, que todavía hay preguntas para las que no tenemos una respuesta definitiva.
Un libro nacido de una investigación de largo recorrido
Las entrevistas concedidas por Pertierra durante la presentación del libro permiten entender algo fundamental: No tengo miedo a la muerte no aparece de la nada. El propio autor lo presenta como el resultado de muchos años de contacto con pacientes y testimonios relacionados con las ECM. En septiembre de 2025, en Espacio en blanco de RNE, hablaba de aproximadamente treinta años de investigaciones con personas que habían vivido este tipo de experiencias. En otras entrevistas de 2025 volvió a explicar que su propia experiencia de 2007 fue especialmente importante en ese recorrido.
Ese dato cambia la forma de leer el título. No tengo miedo a la muerte no parece plantearse únicamente como una colección de historias extraordinarias destinada a provocar asombro. Su propósito declarado es más amplio: utilizar esas experiencias para plantear una pregunta que acompaña al ser humano desde que empezó a preguntarse por sí mismo: ¿termina todo cuando dejamos de funcionar biológicamente?
La pregunta parece sencilla, pero contiene un problema enorme. Sabemos muchísimo más sobre el organismo humano que hace un siglo, pero seguimos sin tener una explicación completa de todos los aspectos de la experiencia consciente. Sabemos que el cerebro desempeña un papel fundamental en la conciencia y conocemos numerosos mecanismos neurológicos capaces de alterar la percepción, la memoria, la sensación del yo y la construcción de una experiencia subjetiva. Sin embargo, todavía existen cuestiones filosóficas y científicas profundas acerca de qué es exactamente la conciencia y cómo debemos interpretar determinados estados extremos.
Aquí es donde el libro encuentra su territorio natural: en esa frontera incómoda donde terminan las certezas sencillas y comienzan las preguntas difíciles.
¿Qué es realmente una experiencia cercana a la muerte?
Una ECM suele describirse como una experiencia subjetiva ocurrida en circunstancias de extrema gravedad, como una parada cardiorrespiratoria, una situación de riesgo vital o determinadas condiciones médicas. Los relatos pueden incluir sensación de separación del cuerpo, percepción de desplazamiento, luz intensa, sensación de paz, encuentros con personas fallecidas, revisión de acontecimientos vitales o una impresión profunda de haber accedido a una realidad diferente.
Lo primero que conviene hacer es separar la descripción de la interpretación. Que una persona diga haber visto una luz es un dato testimonial. Que esa luz proceda de otra dimensión es una interpretación. Que alguien asegure haber visto su propio cuerpo desde arriba es una experiencia relatada. Determinar cómo pudo producirse esa percepción requiere investigación.
Esta distinción es especialmente importante porque las ECM son un terreno en el que es muy fácil saltar de una afirmación a otra sin darnos cuenta. El paciente dice 'sentí que salía de mi cuerpo'; el investigador puede estudiar qué procesos pudieron producir esa sensación; y el lector puede terminar concluyendo 'por tanto, la conciencia salió realmente del cuerpo'. Son tres afirmaciones diferentes.
Pertierra se mueve precisamente en ese territorio fronterizo. Su interés por los casos procede, en buena medida, de la necesidad de tomarse en serio los testimonios sin reducir automáticamente a quienes los cuentan a personas confundidas, alucinadas o víctimas de una simple fantasía.
La experiencia de Miguel Ángel Pertierra
Uno de los elementos que más peso tiene alrededor del libro es la experiencia personal de su autor. Pertierra ha explicado públicamente que sufrió una ECM en 2007. Esa vivencia no puede convertirse por sí sola en una demostración científica de ninguna hipótesis, pero sí ayuda a comprender por qué este asunto dejó de ser para él una curiosidad distante.
Hay una diferencia enorme entre estudiar un fenómeno desde la biblioteca y encontrarse personalmente con una experiencia que altera la manera de mirar la vida y la muerte. En el caso de Pertierra, aquella experiencia se incorporó a una trayectoria profesional y de investigación que ya estaba relacionada con fenómenos médicos y extraordinarios.
Y quizá ahí está una de las claves del título. 'No tengo miedo a la muerte' no equivale necesariamente a 'sé con certeza qué ocurre después de morir'. Son afirmaciones distintas. La primera puede nacer de una transformación personal; la segunda exigiría una demostración que, hoy por hoy, no tenemos.
No
tener miedo a la muerte no significa conocer todos sus secretos.
Esta diferencia, aparentemente pequeña, me parece esencial para acercarnos a cualquier libro sobre ECM con honestidad.
La luz, la paz y la sensación de haber cruzado un límite
Uno de los elementos más conocidos de las ECM es la percepción de una luz intensa. Muchas personas describen también una sensación de paz, bienestar o ausencia de dolor. En algunos relatos aparece la idea de avanzar hacia esa luz o de encontrarse ante un límite que no debe ser atravesado.
Es difícil escuchar estas historias sin comprender por qué han tenido tanta fuerza cultural. La imagen de la luz aparece en religiones, tradiciones filosóficas y relatos espirituales desde hace siglos. Cuando una persona que ha estado al borde de la muerte describe algo parecido, inmediatamente surge la tentación de interpretar el relato como confirmación de una tradición previa.
Pero precisamente aquí conviene mantener la cabeza fría. Que una experiencia se parezca a una tradición religiosa no demuestra que la tradición explique la experiencia. Del mismo modo, que existan explicaciones neurológicas posibles tampoco demuestra automáticamente que todas las ECM sean simples alucinaciones.
La cuestión verdaderamente interesante está en medio. ¿Por qué determinadas características aparecen repetidamente? ¿Hasta qué punto dependen de la cultura? ¿Qué papel desempeñan las expectativas previas? ¿Cómo influyen los medicamentos, la falta de oxígeno, los cambios metabólicos y la actividad cerebral? ¿Y qué hacemos con los relatos que incluyen elementos que el paciente considera verificables?
El valor de un libro como este está precisamente en obligarnos a formular esas preguntas.
La experiencia extracorpórea: una de las piezas más
desconcertantes
La sensación de observar el propio cuerpo desde fuera es probablemente uno de los aspectos más llamativos de las ECM. En términos psicológicos y neurológicos, las experiencias extracorpóreas son un fenómeno estudiado y no pertenecen exclusivamente al mundo de las ECM. Existen investigaciones sobre alteraciones de la percepción corporal y de la integración multisensorial capaces de generar sensaciones de desplazamiento del yo o de estar situado fuera del cuerpo.
Pero reconocer que existen mecanismos capaces de producir experiencias extracorpóreas no resuelve automáticamente cada relato concreto. Esa es una distinción que merece conservarse. La explicación de un mecanismo posible no equivale a haber explicado todos los casos.
También hay que tener cuidado con una expresión que aparece con frecuencia en el debate: 'el cerebro estaba apagado'. En medicina, afirmar que un electroencefalograma no muestra actividad detectable no significa necesariamente que cada neurona haya dejado de funcionar ni que podamos reconstruir con precisión todo lo que estaba ocurriendo en el organismo. Las condiciones de una reanimación son complejas y las ventanas temporales importan muchísimo.
Por eso, cuando alguien presenta una ECM como una prueba definitiva de que la conciencia puede existir completamente separada del cerebro, mi reacción es pedir más datos. Pero cuando alguien afirma que todas las ECM son simples alucinaciones y que no merece la pena estudiar los casos, mi reacción es exactamente la misma.
El problema de las explicaciones fáciles
Las ECM han recibido numerosas explicaciones neurobiológicas. Se han propuesto mecanismos relacionados con la hipoxia, alteraciones en neurotransmisores, cambios en la actividad cerebral, memoria, sueño REM, estrés fisiológico y otros procesos. Estas hipótesis son importantes porque permiten investigar el fenómeno desde la medicina y la neurociencia.
Sin embargo, el lenguaje importa. Una hipótesis plausible no es lo mismo que una explicación demostrada para todos los casos. Del mismo modo, una anomalía o un relato difícil de explicar no constituye automáticamente una prueba de supervivencia de la conciencia después de la muerte.
A mi juicio, aquí se encuentra uno de los debates más interesantes que plantea indirectamente el libro. El pensamiento crítico no consiste en tener una respuesta preparada para todo. Consiste también en saber decir 'todavía no lo sabemos'.
Y esa frase, lejos de ser una derrota, es una de las más poderosas que puede pronunciar alguien que investiga un misterio.
Los casos: cuando el testimonio se convierte en pregunta
Quienes han hablado públicamente del libro destacan su carácter casuístico. En Misterios en Viernes, por ejemplo, los presentadores comentaron que lo habían leído completo y subrayaron que se trata de un libro de casos, algo que encajaba especialmente con su interés por las historias concretas.
Eso tiene una ventaja narrativa evidente. Una teoría puede interesarnos, pero una persona contando lo que experimentó puede atraparnos durante páginas. El lector deja de estar ante una definición y entra en una experiencia humana.
Pero los casos tienen también una dificultad. Un testimonio puede ser sincero y, aun así, contener errores de memoria. Puede ser extraordinariamente preciso y, aun así, haber sido reconstruido posteriormente. Puede incluir información correcta obtenida de una forma que no conocemos. Y también puede haber interpretaciones posteriores que se incorporan al recuerdo original.
Nada de esto obliga a despreciar al testigo. Al contrario: obliga a estudiar mejor el testimonio.
En un fenómeno como las ECM, la memoria tiene una importancia enorme. La persona no está tomando notas mientras ocurre la experiencia. La narración se produce después, cuando vuelve a un estado ordinario de conciencia y reconstruye lo sucedido. Entre ambos momentos puede haber medicamentos, conversaciones, información recibida de terceros, recuerdos fragmentarios y años de reinterpretación.
Esto no convierte las ECM en mentira. Las convierte en un fenómeno que merece una metodología especialmente cuidadosa.
¿Una ventana hacia el más allá?
El subtítulo del libro, Descubriendo el velo del más allá, deja claro que Pertierra no plantea la cuestión exclusivamente desde una perspectiva fisiológica. Existe una dimensión trascendente en su propuesta. Y aquí es donde el lector puede sentirse atraído o, dependiendo de su posición, puede levantar inmediatamente una ceja.
Personalmente, creo que el misterio pierde interés cuando intentamos resolverlo demasiado pronto. Si alguien afirma que las ECM demuestran que existe una vida después de la muerte, la pregunta es: ¿qué evidencia concreta permite pasar del relato a esa conclusión? Pero si alguien afirma que las ECM no pueden tener ninguna relación con una posible continuidad de la conciencia porque la conciencia depende del cerebro, la pregunta también debe hacerse: ¿qué evidencia permite cerrar definitivamente esa posibilidad?
No estamos obligados a elegir entre credulidad y negación.
Existe una tercera posición mucho más incómoda: admitir que hay experiencias humanas extraordinarias cuyo significado último todavía no conocemos.
Lo que cambia después de una ECM
Uno de los elementos que aparece de manera recurrente en la divulgación de las ECM es la transformación posterior. Las personas que han vivido estas experiencias pueden describir cambios en sus prioridades, una disminución del miedo a morir, una mayor valoración de las relaciones personales o una sensación de que la vida cotidiana adquiere un significado diferente.
Este aspecto me parece especialmente interesante porque no depende de resolver el misterio metafísico. Incluso si algún día encontrásemos una explicación completamente neurológica para las ECM, seguiría siendo importante estudiar qué hacen esas experiencias con las personas.
Una experiencia puede no demostrar aquello que creemos que demuestra y, sin embargo, transformar profundamente una vida.
Ahí aparece una lectura humanista del libro que considero especialmente valiosa. La pregunta por la muerte no tiene únicamente una dimensión científica. También tiene una dimensión psicológica, familiar, social y existencial. Aprender a hablar de la muerte puede ser, paradójicamente, una forma de aprender a vivir.
El médico frente al misterio
Que Miguel Ángel Pertierra sea médico resulta fundamental para entender el interés que despierta su aproximación. Su formación en medicina y su trayectoria docente le proporcionan un marco distinto al de alguien que aborda las ECM únicamente desde la espiritualidad.
Pero ser médico no convierte automáticamente una hipótesis sobre el más allá en una conclusión científica. Esta afirmación puede parecer obvia, pero conviene recordarla porque en el mundo del misterio tendemos a utilizar las credenciales como argumento de autoridad.
La verdadera fortaleza de una investigación no está solamente en quién habla, sino en la calidad de las preguntas, la metodología, la documentación y la posibilidad de contrastar las conclusiones.
Precisamente por eso creo que el lector debería acercarse a Pertierra no buscando una figura que confirme aquello que ya piensa, sino como un investigador que presenta un conjunto de experiencias y plantea una interpretación. Podemos coincidir con unas partes, discutir otras y mantener algunas preguntas abiertas.
Un libro esperanzador, pero no necesariamente ingenuo
El tono público con el que Pertierra ha presentado la obra es claramente esperanzador. El título ya lo anuncia. No tengo miedo a la muerte es una declaración de intenciones. No estamos ante una obra escrita para alimentar únicamente el terror a lo desconocido.
Y quizá esto sea más importante de lo que parece. La muerte es un asunto del que nuestra sociedad habla poco hasta que irrumpe de manera brutal en nuestra vida. Entonces descubrimos que no tenemos vocabulario para ella, que no sabemos cómo acompañar a quien sufre y que muchas veces tampoco sabemos cómo afrontar nuestra propia finitud.
Un libro que consiga que una persona deje de contemplar la muerte exclusivamente desde el miedo ya está produciendo un efecto significativo.
Ahora bien, esperanza y certeza no son sinónimos. Una persona puede encontrar consuelo en la posibilidad de una continuidad de la conciencia sin afirmar que dicha continuidad esté científicamente demostrada. De hecho, creo que esa diferencia hace que la esperanza sea más honesta.
La frontera entre ciencia y misterio
Hay una expresión que se utiliza mucho: 'la ciencia no puede explicarlo'. A veces es cierta. Otras veces significa simplemente que quien la utiliza desconoce la investigación existente. Y hay una tercera posibilidad, quizá la más interesante: la ciencia sí tiene explicaciones parciales, pero ninguna explica todavía todos los detalles.
Las ECM pertenecen a esta tercera zona en buena medida. Existen investigaciones científicas sobre ellas, existen modelos neurobiológicos y psicológicos, existen estudios clínicos y existen testimonios que siguen alimentando el debate. No es correcto presentar el fenómeno como si la ciencia no hubiera dicho absolutamente nada. Tampoco parece razonable afirmar que la cuestión está definitivamente cerrada.
El misterio auténtico no necesita exageraciones.
Un fenómeno que resiste preguntas rigurosas es mucho más interesante que uno al que tenemos que añadir afirmaciones extraordinarias para convertirlo en apasionante.
Lo que el libro provoca en el lector
Más allá de estar de acuerdo o no con las conclusiones del autor, creo que No tengo miedo a la muerte tiene una virtud clara: obliga a detenerse.
En una época en la que consumimos historias de misterio a una velocidad absurda, pasar de un vídeo a otro, de un titular a otro y de una teoría a otra, detenerse ante la muerte tiene algo casi revolucionario. No hablamos aquí de un monstruo, una casa encantada o una fotografía extraña. Hablamos de nosotros mismos.
Todos vamos a morir. Esa es probablemente la única parte de esta historia sobre la que no existe controversia. Lo que ocurre después pertenece a otro nivel de la pregunta.
Y quizá por eso las ECM tienen tanta fuerza. Nos ofrecen relatos de personas que estuvieron muy cerca de ese límite y regresaron con algo que contar. Podemos interpretar esos relatos de distintas maneras, pero la pregunta que dejan detrás es idéntica: ¿qué es la conciencia?
Esa pregunta es mucho más grande que cualquier historia concreta.
Mi lectura crítica: dónde pongo el freno
Precisamente porque conozco a Miguel Ángel y porque respeto su trabajo, creo que también es necesario señalar dónde pondría yo el freno. No considero correcto presentar las ECM como una demostración científica definitiva de la existencia de una vida después de la muerte. No disponemos de una prueba experimental que permita cerrar el debate de esa manera.
Tampoco considero correcto despachar todas las experiencias como alucinaciones sin estudiar sus circunstancias. Esa palabra puede convertirse en una explicación comodín que evita hacer preguntas más incómodas.
El camino intermedio me parece más fértil: estudiar las experiencias con rigor, documentar los casos, separar los hechos comprobables de las interpretaciones, analizar las explicaciones neurobiológicas y, al mismo tiempo, reconocer los límites de nuestro conocimiento.
Esa posición quizá sea menos espectacular que afirmar que hemos descubierto definitivamente el más allá. Pero también es mucho más resistente a la crítica.
La muerte como espejo de la vida
Curiosamente, un libro titulado No tengo miedo a la muerte termina hablando mucho de la vida. O al menos esa es la impresión que deja el planteamiento público de la obra.
Si las personas que viven una ECM regresan con menos miedo, mayor empatía y una percepción diferente de sus prioridades, entonces el fenómeno puede estudiarse también desde sus consecuencias.
Tal vez la pregunta no sea solamente qué hay después de la muerte. Tal vez también debamos preguntarnos qué hacemos nosotros antes de llegar a ella.
Esta es, para mí, una de las lecturas más humanas que se pueden extraer del trabajo de Pertierra. La muerte funciona como un espejo. Nos recuerda que el tiempo es limitado, que las discusiones absurdas ocupan demasiado espacio y que muchas veces damos por garantizadas personas, oportunidades y momentos que no lo están.
Desde esa perspectiva, perder el miedo a la muerte no significa desearla ni romantizarla. Significa aprender a vivir sabiendo que existe.
Miguel Ángel, el amigo detrás del investigador
Hay una parte de esta reseña que no puedo escribir como si Miguel Ángel fuera para mí un nombre más en una bibliografía. No lo es.
Nuestra relación personal hace que leer o hablar de su trabajo tenga una dimensión diferente. Le conozco dentro de ese mundo del misterio en el que tantas veces resulta difícil separar la pasión por una historia del deseo de que esa historia sea cierta. Y precisamente por eso valoro que podamos hablar de estos asuntos desde la curiosidad.
No tengo miedo a la muerte es un libro que nace de una experiencia personal, pero que intenta mirar mucho más allá de ella. Eso, a mi juicio, es importante. Una experiencia extraordinaria puede despertar una pregunta; la investigación posterior es la que determina hasta dónde podemos llevar esa pregunta.
Miguel Ángel ha dedicado años a escuchar testimonios y a divulgar este tipo de fenómenos. El libro representa, por tanto, una especie de fotografía de ese recorrido: una mirada personal, médica y divulgativa hacia uno de los grandes interrogantes humanos.
Y aquí sí quiero permitirme una licencia personal. Me alegra que un amigo haya escrito un libro que obligue a hablar de la muerte sin convertirla exclusivamente en un asunto oscuro. Porque quizá uno de los mayores problemas que tenemos con ella es precisamente que la hemos convertido en un tabú.
¿Es un libro para creyentes?
No creo que sea necesario ser creyente para acercarse a No tengo miedo a la muerte. Tampoco creo que haya que ser un escéptico militante.
El lector que ya cree en una existencia posterior encontrará relatos que probablemente refuercen sus convicciones. El lector escéptico encontrará motivos para formular preguntas y discutir interpretaciones. Y quien simplemente tenga miedo a morir puede encontrar una reflexión que le ayude a contemplar la cuestión desde otra perspectiva.
Ese carácter transversal es una de las posibilidades más interesantes de la obra.
La muerte nos iguala de una manera radical. Da igual que una persona crea en el cielo, en la reencarnación, en la supervivencia de la conciencia o en que después de morir no haya absolutamente nada. Todos estamos obligados a enfrentarnos a la misma incertidumbre.
Y la incertidumbre, cuando se mira de frente, puede resultar menos aterradora que cuando intentamos esconderla.
Una invitación a pensar, no una sentencia definitiva
Si tuviera que resumir la aportación que encuentro en este libro a partir de todo lo que Pertierra ha explicado públicamente sobre él, no diría que ofrece una prueba definitiva sobre el más allá. Diría algo diferente: ofrece un conjunto de experiencias y reflexiones que invitan a cuestionar nuestras ideas preconcebidas sobre la muerte y la conciencia.
Esa formulación puede parecer menos espectacular, pero creo que es mucho más interesante.
Porque la ciencia avanza precisamente cuando las preguntas están bien planteadas. Y el misterio se mantiene vivo cuando somos capaces de reconocer aquello que todavía no sabemos.
En ese sentido, No tengo miedo a la muerte
se sitúa en una frontera que conozco bien: la frontera entre el misterio y el
análisis. Una frontera que puede ser incómoda, pero que es también apasionante.
mirar al otro lado sin cerrar los ojos
No tengo miedo a la muerte, de Miguel Ángel
Pertierra Quesada, llega en 2025 con una propuesta que toca uno de los nervios
más sensibles de nuestra existencia. Las experiencias cercanas a la muerte
llevan décadas generando debate entre médicos, investigadores, psicólogos,
filósofos y divulgadores. Son experiencias profundamente humanas y, al mismo
tiempo, difíciles de encajar en una explicación única.
El mérito de acercarse a ellas está en no
despreciarlas y tampoco convertirlas automáticamente en pruebas de aquello que
queremos creer.
Personalmente, me quedo con la pregunta.
¿Qué es la conciencia? ¿Hasta dónde llega nuestra comprensión del cerebro? ¿Qué
sucede en esos momentos límite? ¿Por qué determinadas personas regresan de esas
experiencias profundamente transformadas? ¿Existe algo más allá de la muerte?
¿O estamos ante una extraordinaria construcción de una mente sometida a
condiciones extremas?
No tengo una respuesta definitiva. Y creo
que nadie debería tenerla mientras no existan pruebas que permitan sostenerla.
Pero sí tengo claro algo: merece la pena
seguir preguntando.
Y quizá ahí reside el verdadero sentido del
título. No tener miedo a la muerte no consiste necesariamente en saber qué hay
al otro lado. Puede consistir simplemente en dejar de mirar hacia ese umbral
con los ojos cerrados.
Miguel Ángel, amigo, enhorabuena por haber
convertido una de las preguntas más antiguas de la humanidad en una invitación
a reflexionar. Tu libro podrá provocar acuerdo, dudas, debate y seguramente
alguna que otra discusión. Y eso, tratándose de un tema como este, es una buena
señal.
Porque mientras sigamos haciéndonos
preguntas sobre la muerte, en el fondo estaremos preguntándonos por la vida.
Javier Lobato
www.javierlobato.org


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