jueves, julio 23, 2026

El Torreón del Duende: la historia que Sevilla prefirió olvidar

El Torreón del Duende: la historia que Sevilla prefirió olvidar 


Si supierais las horas que llevo acumuladas estirando del hilo de este asunto... Hay rincones en nuestra ciudad que parecen inofensivos a la luz del sol, pero basta con rascar un poco en los cimientos para descubrir que la historia que nos han contado siempre es solo la punta del iceberg.

​Recuerdo perfectamente el día en que topé con este misterio. Fue rebuscando entre documentos antiguos, mapas descoloridos y crónicas olvidadas que ya casi nadie lee. Hay lugares que dan miedo porque están vacíos, es verdad. Pero hay otros que imponen un respeto reverencial, casi ancestral, precisamente porque durante siglos alguien insistió, machaconamente, en que no lo estaban.
​Ese es el caso exacto del Torreón del Duende. Si hoy paseáis tranquilamente entre la Puerta de Córdoba
y la Puerta de la Macarena, lo más probable es que paséis de largo sin mirarlo, como si fuera un simple fragmento de muralla anónimo y desangelado. Sin embargo, os aseguro que durante generaciones ese rincón fue uno de los puntos más temidos y evitados de Sevilla. Ningún sevillano de bien, por mucho valor que tuviera, se acercaba a esas piedras malditas pasada la medianoche. Y claro, como apasionado de estas lides, cuanto más investigaba y más ataba cabos, menos casualidad veía en todo este entramado.

​La leyenda fundacional arranca fuerte, sin anestesia, transportándonos directamente a los tiempos de la Reconquista. Nos hablan de un judío avaro, retratado en los relatos como enemigo acérrimo de los cristianos, agonizando entre aquellos muros fríos. Viéndose al borde del abismo, hace lo que siempre dictan estos arquetipos cuando ya no queda nada que perder: se encomienda a Satanás, entregando su alma a cambio de un guardián particular, un demonio a su servicio dispuesto a sembrar el terror entre los habitantes de la ciudad.
​Ese engendro tenía nombre propio y resonaba en las conversaciones en voz baja: Rascarrabias.

​Y aquí, francamente, es inevitable pararse a reflexionar y empezar a intuir ese patrón tan repetido en nuestro folclor peninsular. Siempre el mismo esquema: el "otro" —el hereje, el extranjero, el forastero que no comulga con la fe oficial del momento— convertido de golpe y porrazo en la raíz y origen de todos los males. No, os lo aseguro, no es casualidad. Era la forma perfecta que tenía una sociedad medieval y moderna de explicar lo inexplicable, señalando siempre hacia fuera, hacia el chivo expiatorio de turno.

​El caso es que Rascarrabias cumplió su cometido a conciencia. Se atrincheró durante siglos custodiando el cadáver y la supuesta memoria de su amo, hasta que —como todo en esta vida, incluidos los mismísimos habitantes del inframundo— debió de aburrirse soberanamente. A mediados del siglo XVI hace las maletas, abandona el torreón y desaparece sin dejar rastro.
​Pero claro, la naturaleza, y menos la turbulenta Sevilla de antaño, no admite vacantes en lo paranormal.
​Poco después de aquella marcha, el vecindario empezó a notar una presencia completamente nueva. Esta vez adoptaba la forma de un duende estrafalario con un apodo que hoy casi nos arranca una sonrisa, si no fuera porque quienes lo pronunciaban en su día lo hacían con los dientes castañeteando: Narilargo.

​Imagináoslo por un momento, porque yo he intentado visualizarlo recorriendo los archivos: hábito negro hasta los tobillos, una capucha profunda que ocultaba celosamente el rostro, una extraña corona con un resplandor inexplicable que desafiaba toda lógica y, asomando imponente por debajo de la tela, la larguísima nariz que le otorgaba tan peculiar denominación. Cuenta la tradición que salía a patrullar las almenas justo cuando el reloj de la Catedral marcaba la medianoche —porque en estas historias el reloj siempre es puntualmente a las doce, nunca a las tres de la tarde— y lanzaba unos alaridos secos, estridentes, capaces de helarle la sangre al más valiente.

​Y en las noches de tormenta, la función teatral ya rozaba el paroxismo: gritos desgarradores, cánticos en lenguas incomprensibles, destellos de luces rojizas cruzando los ventanales y columnas de humo espeso brotando de la nada. Un espectáculo completo, de categoría. Y reconozco que fue ahí, analizando esta puesta en escena tan calculada, donde a mí se me encendió la lucecita de la sospecha.
​Porque, pensadlo bien, hay algo en esta segunda parte del relato que me atrae infinitamente más que la existencia del duende en sí.

​Fijaos en un detalle que las crónicas suelen tratar como anécdota menor pero que es, en realidad, la clave de todo: mientras Narilargo campan a sus anchas por el torreón, los contrabandistas, maleantes y delincuentes de toda condición utilizaban el pánico cerval de los alguaciles a esa zona para operar con total impunidad y tranquilidad. La leyenda local llegó incluso a inmortalizar a un contrabandista concreto, un tal Nardaga, de quien se decía que había entablado una curiosa "amistad" con el espectro.
​A mí esto, perdonad que os lo diga, no me suena en absoluto a fenómeno sobrenatural. Me suena a una estrategia comercial y delictiva brillante.
​Imaginaos la estampa: un torreón semiabandonado, situado extramuros, mal iluminado por antorchas escasas, con una fama tan negra que garantizaba que ninguna autoridad, por mucho tricornio o vara de justicia que llevara, se acercara por allí después de ponerse el sol. Es el escondite perfecto, el cuartel general ideal. Unos cuantos ruidos mecánicos bien orquestados, un poco de humo de esparto húmedo, alguna linterna sorda proyectando luces extrañas... y tenías garantizado que nadie iba a estorbar tus negocios ilegicos. No hacía falta invocar a ningún demonio real. Lo único que hacía falta, y esto es lo fascinante, era que la gente sencilla creyera firmemente en él.
​De hecho, hay un episodio que me encanta: los valientes monjes de la Trinidad decidieron plantar cara al problema e intentaron organizar un solemne exorcismo en el lugar. ¿El resultado? Volvieron apedreados, maltrechos y con el rabo entre las piernas. Y claro, el pensamiento simplista diría que el espíritu maligno era demasiado poderoso.
 Pero mi lectura, tras cruzar varios datos sobre la zona, es muy distinta: que un grupo de religiosos saliera escaldado de allí demuestra precisamente que había alguien detrás —alguien muy interesado en que aquel torreón mantuviera su terrorífica reputación— que no estaba dispuesto a tolerar mirones ni a perder su lucrativo negocio de contrabando.

​Casi doscientos años largos duró el buen señor Narilargo habitando el imaginario colectivo de la Macarena. Y cuando su presencia dejó de ser útil o simplemente se desvaneció, lo hizo con la misma desconcertante discreción con la que un día apareció Rascarrabias: sin explicaciones oficiales, sin rastro físico, dejando únicamente el sedimento de la leyenda y unas piedras mudas que nadie, absolutamente nadie, se atrevió jamás a volver a habitar.

​Ahí es donde reside, bajo mi punto de vista, el verdadero misterio de toda esta historia. Con el paso de los siglos, los vecinos fueron olvidando los detalles de aquellos inquilinos nocturnos, pero el poso quedó. Ni los habitantes del barrio ni las autoridades municipales quisieron jamás reutilizar esa construcción ni darle un uso práctico. Ese abandono secular, ese respeto casi supersticioso hacia unos metros cuadrados vacíos durante generaciones, es lo que ha permitido milagrosamente que el torreón llegue hasta nuestros días en el estado ruinoso que todavía hoy podemos contemplar con nuestros propios ojos.

​Y eso es lo que de verdad me atrapa: no el debate estéril sobre si Rascarrabias o Narilargo existieron en carne y hueso, sino la profunda constatación de cómo una ciudad entera decidió, generación tras generación, seguir alimentando el miedo a unos fantasmas que ya se habían marchado.

​Después de dar tantas vueltas por archivos y callejones, os lanzo la pregunta a vosotros: ¿Pensáis que detrás de la máscara de Narilargo solo había pícaros y contrabandistas buscando un techo libre de polis, o creéis de verdad que en la Sevilla antigua siempre queda un resquicio oscuro para lo inexplicable? Dejadme vuestras impresiones, que este tipo de enigmas sevillanos son los que de verdad merecen la pena seguir investigando.

No obstante y para ser honesto con vosotros

Después de conocer la historia del Torreón del Duende, mi conclusión es que estamos ante una leyenda con tintas del folklore sevillano que merece ser conservada como parte del patrimonio cultural de Sevilla, pero no necesariamente aceptada como un hecho paranormal. Con el paso de los siglos, los relatos populares suelen incorporar detalles que aumentan su misterio, haciendo cada vez más difícil distinguir entre lo documentado y lo imaginado.

Desde mi punto de vista, el verdadero valor de esta historia no reside en demostrar la existencia de un duende o de fenómenos inexplicables, sino en comprender cómo nacen y evolucionan las leyendas urbanas. Muchas veces, un hecho cotidiano, una construcción singular o un personaje peculiar bastan para dar origen a relatos que terminan formando parte de la identidad de una ciudad. Mantener una actitud crítica no significa restarles interés; al contrario, nos permite disfrutarlas con rigor, valorar su contexto histórico y seguir haciéndonos preguntas sin renunciar a la evidencia cuando esta existe.

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