domingo, julio 12, 2026

La clasificación de las psicofonías

​Entre el misterio y el rigor: replanteando cómo escuchamos las psicofonías


Llevo años escuchando el silencio, ese silencio que a veces nos devuelve respuestas que nadie pidió, y si algo he aprendido en este camino —y es una norma que cumplo a rajatabla— es que la verdad no necesita trucos. Si para que una voz se entienda tienes que pasarla por tres softwares de edición, aplicarle filtros de reducción de ruido y amplificarla hasta que revienten los decibelios, entonces, para mí, eso no es una psicofonía.
​Me explico: la esencia de este fenómeno es la nitidez de lo imposible. Cuando una grabación es genuina, cuando realmente hay algo o alguien al otro lado intentando cruzar el umbral, se escucha. No hay que adivinar, no hay que querer escuchar ni hay que pelearse con la onda sonora frente a una pantalla. Si tienes que esforzarte tanto para convencer a tu cerebro de que ahí hay una palabra, lo que estás escuchando no es un espíritu; es, simplemente, tu propia imaginación encontrando formas en el caos. Para mí, el misterio auténtico se impone al oído, sin retoques, sin filtros y sin el maquillaje del procesado digital. Si no se escucha a la primera, en crudo, prefiero quedarme con la duda antes que engañarme con un espejismo.


​Las psicofonías son, quizás, el puente más frágil y fascinante que tenemos con lo desconocido. Ese susurro apenas perceptible, esa voz que parece surgir de la nada en mitad de un silencio sepulcral, nos estremece el alma. El término tradicional —psicofonía— sugiere un origen psíquico, un misterio que late bajo la superficie; otros, como el gran Germán de Argumosa, preferían llamarlas parafonías para no adelantarnos a lo que aún no entendemos. Sin embargo, en el mundo actual, hemos caído en la tentación de encasillar estos momentos casi sagrados en categorías frías como “Clase A, B o C”


¿De verdad podemos medir un susurro del más allá con una etiqueta de televisión?
​La verdad es que no. Esta manía de clasificar, tan común en programas de televisión y foros de aficionados, carece de cualquier base científica sólida. Es un sistema que inventamos para intentar poner orden en un caos que, precisamente, se resiste a ser ordenado. En este artículo, queremos proponer un enfoque distinto: uno que respete el misterio, pero que exija, ante todo, honestidad intelectual y rigor.
​Un poco de historia: cuando el misterio no necesitaba etiquetas
​Si miramos atrás, a los pioneros como Friedrich Jürgenson o Konstantīns Raudive, nos daremos cuenta de algo revelador: ellos no clasificaban. Para ellos, cada grabación era un tesoro documental, un evento único que se capturaba tal cual. No necesitaban decir “esta es Clase A”; simplemente compartían la experiencia, el impacto de escuchar algo que, en teoría, no debería estar ahí.
​La obsesión por las etiquetas nació mucho después, impulsada más por el espectáculo que por la investigación. ¿Quién decidió que una voz debía ser Clase A o C? No hay un comité, no hay un estudio académico, ni una norma. Parece que simplemente se nos contagió de la televisión, donde las categorías dan una falsa sensación de control. En el ámbito hispano, hemos adoptado escalas similares (1, 2, 3), pero admitámoslo: son convenciones que varían tanto como el oyente que las escucha.


Si hubiera que señalar un momento en el que las categorías A, B y C dejaron de ser una terminología marginal para convertirse en parte del lenguaje habitual de los investigadores aficionados, probablemente habría que mirar hacia la televisión. Programas como Ghost Adventures, protagonizado por Zach Bagans, contribuyeron decisivamente a popularizar esa nomenclatura entre millones de espectadores. Sin embargo, popularizar no significa validar. Ni Friedrich Jürgenson, ni Konstantin Raudive, ni Hans Bender, ni Germán de Argumosa, ni otros investigadores históricos de la TCI establecieron jamás una escala universalmente aceptada para clasificar psicofonías. Lo que la televisión convirtió en un supuesto estándar nunca llegó a ser un estándar científico.
En mi opinión, ocurrió exactamente lo mismo con buena parte de la tecnología que hoy muchos consideran imprescindible en una investigación paranormal. La Spirit Box, el Ovilus y otros dispositivos alcanzaron una enorme popularidad gracias a los programas de televisión, pero esa popularidad no constituye una demostración de su eficacia. Del mismo modo, tampoco considero que una grabación sometida a un intenso procesamiento digital siga siendo una psicofonía en sentido estricto. En el momento en que un software reconstruye, interpreta o altera de forma significativa la señal original, ya no estamos escuchando únicamente el registro captado por la grabadora, sino también el resultado de un tratamiento informático. Y esa diferencia, a mi juicio, es fundamental si queremos abordar el fenómeno con el máximo rigor posible.


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